lunes, 4 de octubre de 2010

ArturoBrito, 3-6-2010

Tenía ganas de conocerla, cada vez que abría mi lumiagenda me asaltaba una sensación de ausencia. Su fama ganada a pulso y a pulsaciones de caballo, la expectativa de orbitar ante ese culo esférico, la inteligencia que rezuma en su literatura, y ciertas dotes naturales para llamar con su teclado –y presumiblemente con su voz- a las cosas por su nombre, prometían una experiencia única. Pero no había podido ser. La dificultad de frecuentar las mañanas matritenses me había impedido concertar un encuentro. Debía madrugar mucho para conseguirlo y el invierno no era estación propicia para abandonar la cama en lo mejor del sueño, ni siquiera para meterse en la de una de las lumis más deseadas de Madrid.

Llegada la primavera y con suficiente antelación le escribí para que me reservase hora. La noche anterior de mi viaje le hice una llamada. Me gustó su voz. La entonación de la gente segura de sí misma -siempre que no la destiña la vanidad- jamás incomoda. Tipo fácil de impresionar por mujeres con arrestos, me dejo llevar ante la esperanza de encontrarlas ocasionalmente. Por momentos, necesito acostarme con ellas, aunque nos enfrenten discusiones en el trabajo, y jamás las desee –en sentimiento mutuo- como compañera de copas, ni menos en mi casa. Nada nuevo. Si no para siempre, al menos como un paréntesis en la eternidad de nuestra vida cotidiana, solemos procurar la compañía de quien estamos seguros que no necesita para nada esa compañía.

Toco el timbre. Escucho su taconeo de un lado a otro mientras me hace esperar más de lo acostumbrado. ¿Habrá recordado a última hora que quiero que me reciba vestida? Por un momento pienso que no va abrir la puerta. Por fin lo hace y ahí está. La imaginaba más seria, no sé, tal vez con una cara más misteriosa o más poética, o con una sonrisa mezcla de ironía y perversión. Pero no, sonríe sin esfuerzo, posee un rostro de calentura, de pícardía, de búsqueda continua de placer para su cuerpo, la tía aquella que te lo puso tan fácil que nunca terminaste de creerlo: ahora no hay duda, se ha personificado en MaríaG, una jaca que es el morbo hecho carne, y está ante ti. Toda para ti.

Nada extraña que no exista solución de continuidad desde que la puerta se ha abierto hasta que se ha cerrado para verme salir. Ha sido una hora de actividad en la que follábamos hasta cuando no estábamos follando. Entrar en el apartamento y entrar en faena fue todo uno. Antes de que me quisiera dar cuenta ya se la había metido hasta el fondo. ¿O debo decir que fue ella la que me calzó a mi? Es una currante del sexo, pero no en plan cadena de montaje. Creo sinceramente que solo la posibilidad de practicarlo la pone cachonda y que disfruta gozando y viendo gozar a su pareja. No, mejor, no lo creo, a estas alturas lo afirmo rotundamente.

MaríaG está maciza, tiene el culo y las piernas duras como el corazón de un banquero. Los espejos me mostraban sus curvas, perdida su visión por la falta de perspectiva que sucede al acoplamiento. Se corrió a gusto cabalgando y luego pasamos al misionero. Esa cara de morbo y placer, la visión de unos ojos que pierden su órbita, me la endureció aún más. Retuve y alargué el polvo, no sin esfuerzo, viendo aquellas piernas de soslayo en el espejo y escuchando como me susurraba al oído una experiencia en la que había gozado como un niño ante un pastel de cumpleaños.

Mitigado el fuego dejé que diera rienda suelta a sus pensamientos. No sé si me calientan más sus apetitosas carnes o su facilidad para narrar sucesos biográficos. Bueno, en ese culo no hay photoshop, pero quizá su cabeza haga demasiadas concesiones a la imaginación. O quizá no. O tal vez sus historias sean más reales que ella misma. No hay más que verla trabajar para descubrir que no ha vivido un minuto de clausura. Santa Teresa y ella sólo tienen en común un éxtasis que pudo ser otra cosa más mundana. Tal vez Bernini tenga más de cabronazo que de artista.

Ya en la calle, fui a reponer fuerzas al Rodilla de Cuzco para la tarde de toros que aún me esperaba. Era temprano y no había mucha gente. Conversé con un señor que trabaja allí, me dijo que era peruano, un tipo simpático y amable, que al poco tuvo que acelerarse por la sucesión de gente que entraba. Ahora pienso que, si esto fuera ficción, no sería muy creíble introducir a un peruano en la zona de Cuzco, sonaría demasiado literario. Luego, a los postres, las palomas han bajado a comerse los restos de mi bocadillo mientras yo marcaba un número de teléfono pensando en la siguiente corrida. He estado a punto de volverla a llamar para ver si era capaz de repetir faena. Tras una tarde ajetreada y estresante, ya de vuelta a casa, me he asombrado de que fuera capaz de dudarlo. Aquí siempre se peca de ingenuo, pero en ocasiones no es pecado ni es ingenuidad.

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